Noche de tormenta

Siento predilección por la lluvia, es una sensación antiquísima y grata que provoca en mis sentidos una agradable melancólica que justo comienza en el instante que escucho las gotas golpear el tejado o cuando llegan al suelo y se mezclan con sus predecesoras en una explosión de vida y frescor.

Esta noche la naturaleza ha decido bendecir mi espíritu y desde que el sol abandonó el hemisferio donde flota está abandonada isla comenzó a verter su más preciado maná sobre la ciudad que me ha tocado habitar. Siempre procuro mojar mis manos sobre esa agua, de ella siento un estremecimiento vivificador que inmediatamente transmite energía a todo mi ser. A partir de ese momento se que podré realizar cualquier labor intelectual en el mayor de los gozos, es increíble como se transforma mi estado de ánimo. Aunque nada es comparable a la tormenta del campo, allí la naturaleza está en todo su esplendor, es donde más claro se manifiesta y donde mejor he sentido su poder. Pero no siempre fue agradable.

Hace varios años estaba realizando un viaje de placer por el centro de la isla, una especie de treking o caminata que practicaba con frecuencia en esa época. Pasaba varios días (a veces semanas enteras) en alguna zona montañosa, viviendo pleno con la naturaleza, dormía a la intemperie o si tenía suerte en alguna gruta que encontrara en mi camino. Una tarde, recién llegado a la montaña, salgo en busca de una cascada que conocía de viajes anteriores y que esperaba llegar a ella antes que anocheciera para así poder acomodar mis huesos en una gruta ubicada cerca de su base. A medio camino de la cascada comenzó a llover, al principio apenas se notaba ya que los arboles son muy tupidos e impiden que las primeras gotas toquen el suelo, así que no me preocupe mucho. Yo iba con dos amigos, amantes de la naturaleza como yo, y decidimos apresurar el paso ya que las nubes cubrían el sol y la noche llegaría más temprano. Esa tarde la naturaleza nos ofreció una pequeña demostración de su poder, un preámbulo de lo que pasaríamos a la noche siguiente pero vayamos por parte.

La tormenta arrecio y la noche se nos vino encima sin darnos cuenta, sacamos unas linternas y entre resbalones que enfangaban nuestra ropa intentamos seguir el camino, regresar era impensable, además a ninguno nos paso por la cabeza semejante cosa, estábamos en aquel lugar por propia voluntad, conocíamos desde el principio a que nos enfrentábamos así que lo menos quebrantable era nuestra voluntad. Recuerdo incluso que hasta íbamos bromeando, riendo a carcajadas cada vez que nuestros cuerpos iban al suelo, la risa es muy beneficiosa en casos así, ya que alienta el corazón y aleja del alma malos pensamientos. En una montaña nunca se está seguro, íbamos por un camino muy peligroso debido a su estrechez, por un lado se abría un abismo y por el otro una pared casi vertical, las plantas nos ayudaban a mantener malamente el equilibrio, así que entre bromas teníamos que estar muy atentos no fuera que nuestros huesos reposaran por siempre en el fondo de algún acantilado. Entre caídas y levantes llegamos con noche cerrada a la añorada cascada. Cuál no sería nuestra sorpresa al comprobar que el lugar parecía una zona de descanso para turismo, todos pero todos los rincones donde podríamos quedarnos con tranquilidad estaban ocupados. Seguía lloviendo a chorros por lo que decidimos regresar unos pasos o mejor descender hasta el final de la cascada donde conocíamos de un rincón que tal vez hubiera permanecido a salvo de invasiones. Menos mal que fue así. Lo mejor de todo fue que la lluvia decidió otorgarnos la gracia de su ausencia por el resto de la noche.

Al amanecer nos dispusimos acomodar nuestro campamento. Hicimos una fogata con gran trabajo ya que la leña estaba húmeda pero al final nació un fuego vivificador. Las hamacas sobre las que descansábamos en la noche las colocamos bajo arboles resistentes y encima de ellas colgamos unos nailon para cubrirnos de la lluvia, ingenuos mortales pensábamos que eso iba a protegernos de la fuerza de nuestra madre naturaleza. No pienso extenderme mucho más solo aclarar que el campamento se hallaba al otro lado del río según nuestro punto de entrada y salida, es decir, que si el río crecía quedábamos atrapados en la vertiente opuesta, salir por ese lado implicaba escalar la ladera de la montaña de noche y bajo una lluvia torrencial no le creo muy fácil.

Nuevamente la noche y con ella la lluvia, empezó sobre las siete de la tarde y se manifestó con toda intensidad, yo esperaba mantenerme seco esa noche, así que me apretuje en la hamaca y me cubrí con una manta, por encima me protegían los arboles (pero de esa protección ya hable) y el nailon colocado a dos aguas y sujeto con fuertes cuerdas para evitar que el viento se lo llevara. Enseguida me quedé dormido. Calculo que estuve en los brazos de Morfeo alrededor de una hora, me despierta el frio, nacía en mi espalda e iba subiendo poco a poco a todo lo ancho del cuerpo. Medio dormido aún pienso que se trata de la humedad del suelo y me envuelvo más en la manta, al instante el frio se traslada hacía el costado y entonces caigo en la cuenta de que algo estaba mal. Saco una mano para palpar la hamaca y mi sorpresa fue indescriptible, todo mi improvisado lecho estaba inundado ¿pero cómo era posible? Sencillo, un error de cálculo. El nailon que debía protegerme era más corto que la hamaca y el agua estaba filtrándose por la parte superior e inferior de la misma, además al ser esta de un material impermeable no tenía por donde escaparse. Estaba durmiendo en una bañera a la intemperie. Me levante y vote el agua pero fue en vano, en menos de cinco minutos estaba repleta nuevamente. Mis compañeros no estaban mejor, empapados hasta los huesos me contemplaban mientras yo hacía vanos esfuerzos por mantener mi lecho libre de las aguas. La risa como la noche anterior acudió en nuestra ayuda. Pero el frio decidió “aguarnos” la velada y a los pocos minutos estábamos dando salticos para mantenernos calientes, ahí empezó lo peor.

Descolgamos los nailons y nos metimos bajo ellos, bien juntos para que el calor de nuestros cuerpos ayudara en algo. Recuerdo que pretendimos encender un cigarrillo pero el mechero estaba húmedo, lo acercamos en la boca y soplando al cabo de una hora logramos mediante en calor interno secar la piedra y provocar una chispa. La alegría fue inmensa. Es curioso como las pequeñas cosas, tan habituales en otros entornos que casi siempre pasan desapercibidas e incluso se hacen inconscientemente, alcanzan un valor espiritual de grandes calibres en situaciones extremas. Así pasamos la noche, sin pegar un ojo y con un frio horrible. Esa fue la peor noche que he pasado en mi vida pero curiosamente estaba feliz.

Al otro día buscamos refugio en casa de un campesino que vivía por los alrededores de la cascada, el cual habíamos conocido de viajes anteriores. Cuando estuvimos instalados en su bohío, enclavado en plena ladera montañosa fue como llegar al paraíso. No miento cuando digo que los días pasados allí han sido los más felices de mi vida espiritual, solo comparable con el nacimiento de mi hija. Quisiera explicar aquí todas las sensaciones vividas en esos lejanos días pero este post se ha extendido demasiado, el ambiente lluvioso ha puesto a volar mis dedos sobre el teclado y va siendo hora que le ponga freno.

Solo quiero narrar una pequeña anécdota vivida muy cerca del bohío donde fuimos a protegernos y que me ha marcado por siempre. Era aquel sitio una casa donde vendían víveres, muy parecida a la que habitábamos, y llegamos a ella para abastecer la despensa del campesino que tan amablemente nos había acogido. Era muy temprano en la mañana, como siempre la noche anterior fue de grandes aguas, el sol proyectaba sus rayos en la cima de las lomas. Una vez que solicitamos los alimentos pedí me dejaran llegarme a la parte posterior de la casa para realizar unas fotos. Lejos estaba de imaginar el esplendoroso paisaje que se abriría ante mis ojos. La casa estaba construida, como la anterior, en la ladera de la montaña pero daba para una especie de cañón cubierto de un manto de niebla que ocupaba toda su base, que a esa temprana hora permanecía aún en tinieblas, el sol iluminaba las alturas y una parte de la niebla, era un extraño fenómeno que daba la ilusión de encontrarnos sobre las nubes. Jamás he contemplado lugar más hermoso. Les dije a mis amigos que si los elfos, gnomos o duendes existían, debían estar en estos momentos paseándose por debajo de aquella niebla. No fui capaz de realizar la foto, temía romper con el hechizo de aquel mágico lugar.

No hay comentarios: