El misterio de la Sigaba

SigabaHoy traigo una curiosa historia sobre la Segunda Guerra Mundial, ese período histórico que tanto fascina mi espíritu, sentimiento que como exprese en una ocasión debo a mi padre, un fanático de este acontecer de la historia de la humanidad del pasado siglo.

Lo que deseo narrar sucedió a comienzos de febrero de 1945, casi al final de la guerra, en Colmar una ciudad del noroeste de Francia. Los aliados en su incontenible empuje hacía la victoria tenían bajo su mando gran parte de Europa, los nazis por su parte estaban haciendo lo imposible sino por cambiar el rumbo de los acontecimientos al menos por retrasarlos. Para nadie es nuevo que la forma más eficaz de tomar ventaja en una contienda es conocer los planes del enemigo, pero esto es sumamente difícil debido a que cada bando protege con sumo cuidado sus secretos.

La criptografía, esa ciencia encargada de enmascarar la comunicación de modo que solo resulte inteligible para la persona que posee la clave, jugaba un papel preponderante en la contienda. De todos es conocida la historia de la fabulosa Enigma, máquina de cifrado rotario utilizada por los alemanes en sus mensajes y que tan hábilmente fue descubierta por los británicos, permitiendo según la opinión de algunos historiadores, adelantar el final de la guerra en un año.

Como plantee anteriormente este hecho es bastante conocido, incluso existe una película sobre el tema, sin embargo menos conocida es la historia de su homóloga norteamericana la Sigaba. Se cuenta que esta máquina estaba sumamente protegida por el ejercito norteamericano, bajo férreas medidas de seguridad que incluían tres poderosas cajas fuertes, una para custodiar la máquina en sí, otra para sus rotores y la tercera para las listas de claves, a esto se le sumaba una continua vigilancia de guardias armados que a su vez eran los encargados de transportarla en camión a donde era necesario su uso.

Las medidas de seguridad estaban rígidamente redactadas y bajo ninguna circunstancias podían violarse, pero el ser humano es débil y más en tiempos de guerra cuando la lejanía del hogar y la familia hacen a los hombres débiles. Para intentar calmar un poco la angustia que provoca la distancia los soldados a cargo de la custodia de la Sigaba, una noche hicieron un alto en un burdel para aliviar sus espíritus y sus cuerpos de la ansiedad que provoca la guerra. Al salir del recinto quedan sorprendidos al no encontrar por ningún sitio el camión y menos aún su preciada carga.

Rápidamente el pánico invadió al alto mando estadounidense, al que no escapó ni el propio presidente norteamericano Eisenhower. Colmar acababa de ser liberada del yugo fascista y el frente estaba lo suficientemente cerca como para tomar muy en serio el robo por parte de agentes alemanes. Con el material hurtado —máquina, rotores y lista de claves—, el enemigo podría descifrar con facilidad cualquier mensaje, tanto los pasados como los futuros. Los primeros eran los más delicados pues contenían toda la estrategia de los aliados, líneas de suministros, logística y miles de datos valiosísimos. Esta información era muy necesaria para los alemanes que veían el inminente peligro que se cernía sobre su territorio.

Comenzó entonces una incansable búsqueda del camión y su preciado cargamento, se designo al coronel David G. Erskine, oficial de la contrainteligencia del 6º Grupo de Ejércitos para que dirigiera la búsqueda. Agentes y espías fueron despachados por toda la región con órdenes de hallar la perdida máquina bajo cualquier circunstancia, se llegó incluso a recompensar al soldado que diera una pista válida con el licenciamiento y su concebida vuelta a casa con todos los honores. Aviones sobrevolaban a baja altura en busca del camión y se revisaba los vehículos en los cruces de caminos pero la Sigaba seguía sin aparecer.

Para finales de febrero se creó un equipo especial de agentes de la contrainteligencia americana y francesa con la misión de encontrar la maquina a toda costa, al mando pusieron al teniente Grant Heilman. A los pocos días de pesquisas una fuente francesa informa que semienterrados en el barro del río Giessen se habían divisado unos objetos metálicos, que resultaron ser dos de las cajas fuertes, una correspondiente a los rotores y la otra a la lista de claves. Aún faltaba la caja de la Sigaba. Todo indicaba que ambas fueron arrojadas desde un puente cercano a las aguas del río. Heilman manda venir buzos pero estos no encuentran nada, entonces ordena construir una presa para drenar el río y mediante buldóceres remover todo su fondo. Todo fue inútil. En el colmo del desespero el teniente penetra en el fango y se pone a buscar como un demente por todos lados, finalmente su suerte cambia y sus manos tropiezan con un objeto contundente que resultó ser la tercera caja fuerte. La angustia había terminado después de casi seis semanas de intensa búsqueda.

Pero, ¿qué había sucedido? Como casi siempre sucede en la vida común —y en la guerra no debe ser diferente—, la respuesta era muy sencilla. Un chofer militar francés perdió su camión en Colmar y al pasar frente al mencionado burdel observa que hay uno parqueado fuera y sin vigilancia. Ignorante de su contenido decide tomarlo prestado y así evitar reprimendas por parte de sus superiores. Cuál no sería su sorpresa al darse cuenta de su contenido. Lleno de pánico arroja las cajas fuertes al río con la esperanza que todo pase sin mayores consecuencias.

De esta manera tan poco hollywoodense, sin espías alemanes, ni conspiración para robar secretos aliados altamente protegidos pero llena de sentimientos humanos, concluye este curioso pasaje de la historia de la Segunda Guerra Mundial.

1 comentario:

GerardoM. dijo...

Resulta extraña, insólita la historia, pero fue un buen quebradero de cabeza.