Alcona

Ayer visitaba una hacienda en las afueras de la ciudad, un lugar paradisiaco convertido en espacio para la recreación con toda la parafernalia que eso implica: restaurants, bar, música y la especialidad de la casa, algo un poco extraño para un ente citadino: la cría de gallos de pelea. Los fines de semana se realizan riñas con esos animales en un espacio conocido como el coliseo, en alusión al tristemente célebre estadio romano, donde tantas almas fueron a encontrarse con su creador. Para aquellos defensores de la vida animal —entre los que me incluyo— que piensan horrores de esta práctica puedo decir que los combates no resultan peligrosos para las aves, puesto que sus espuelas están cubiertas con una especie de funda precisamente para evitar herirlos. Pero por desgracia esto no se realiza por razones humanitarias sino porque el precio de los gallos haciende a la increíble suma de ¡3000 dólares el ejemplar! Ahora bien si un ser que podremos calificar como “humano” desea realizar un combate tradicional (a muerte) debe abonar esa cantidad, es decir, comprar el ejemplar y al ser su dueño puede decidir su suerte. En fin que la práctica sigue siendo igual de grotesca que en la antigua Roma, donde los dueños de esclavos decidían sobre su destino, aunque calmada un poco por la elevada suma de los gladiadores, fenómeno que agradecen estas bellas aves.

Este pequeño inconveniente no atenta contra la belleza natural del lugar. La finca Alcona, tal y como fue bautizada hace muchos años, está enclavada en un valle donde la vista se pierde entre pastizales que parecen no tener fin, a lo lejos azuladas montañas interrumpen la estela verde de hierbas mecidas al viento. Rodeando la casa principal de la hacienda encontramos infinidad de árboles frutales donde están presentes jugosos frutos tropicales, vagar a su sombra recolectándolos es un placer exquisito para las manos que se cubren de fresca resina e impregnan nuestros poros de una fragancia paradisiaca. Pero nada comparable con el dulce sabor que se experimentan en las glándulas salivares al llevarnos el fruto a la boca, una explosión de sensaciones olvidadas, al menos para mí que nací y pase una parte de la infancia en un lugar parecido, vienen a invadir nuestros sentidos. Todo esto vino a completar el absoluto relajamiento espiritual y físico de mí ser cuando me aleje del grupo con el que fui hasta aquel sitio y deje que mis pies tomaran el camino que más deseaban y recorrí a mis anchas todo cuanto me fue posible. Que inmenso placer sentir el olor de los árboles, la frescura que proporciona el viento, la irregularidad de la tierra bajo los pies y sobre todo la tranquilidad, el silencio del monte que te induce a deambular sin fin dejando que el pensamiento fluya y las miles de ideas aprisionadas por la barrera del estrés rompan sus cadenas y salgan a compartir esos momentos de felicidad.

Hubiera dado lo que no tengo por permanecer todo el día en aquel sitio, alejado del hollín y del bullicio citadino, sumergido en pleno gozo de mi cuerpo y mente, olvidándome por un rato quién soy y a que me dedico, soñando historias que jamás verán la luz y con personas inmateriales, pero el tiempo es indetenible y los placeres ponen alas en sus pies como el divino Hermes. Quisiera mudar mi habitáculo hacía aquellos espacios abiertos aunque eso implicará dejar detrás muchas cosas logradas, valdría la pena estoy seguro pero es imposible al menos en los días actuales. He sacado una moraleja —como en los cuentos infantiles — de todo esto, me he encontrado conmigo y he sabido que si quiero realizar mis sueños debo buscar espacios así, lugares de ensueños y tranquilidad, así podré cursar una invitación a las musas para que me visiten. ¿Aceptarán?

2 comentarios:

duarte dijo...

hola,blog muy bueno...................

Sirena Varada dijo...

Qué curioso que hables de las musas al final del texto. De verdad que hay algo mágico en ello.
... A veces lo que más vale es que existan días como aquél en los que poder soñar historias.

(Preciosa la fotografía que has puesto más abajo)