La ilusión

Al despertar cada mañana te sorprendo contemplándome, muy cerca de mí rostro, tranquila pese a tu inquieta personalidad, siento que estás como intentando adivinar mis sueños o quizás induciéndomelos, yo imagino que es lo segundo, sería tan hermoso.

Entre nosotros existe algo fuerte, una atracción que escapa a cualquier comprensión o sentido práctico, pero bueno que es la vida sino un cúmulo de hechos sin orden lógico, los cuales tratamos de unificar buscándoles una explicación racional para revelar nuestro lugar en esta tierra.

Desde que te vi por vez primera supe que eras especial, distinta del resto, única en tu especie, hermosa para los que sabemos observar muy adentro, cruel e inhumana para los superficiales; a esos no les presto atención cuando intentando aconsejarme, una vez que les abro mi corazón, buscan la forma de acabar con tu vida. ¡Dios como se puede ser tan desalmado e insensible!

Tú, frágil y delicada como los ángeles, estarás segura a mi lado, aunque tenga que enfrentarme al mundo para conservarte. Por ti sería capaz de abandonarlos a todos, de alimentarme solo con tu presencia, esa misma que me infunde amor, colma mi espíritu de tranquilidad y llena mi vida de ilusiones y sueños.

Pero existe algo contra lo que no podemos luchar, es un poderoso enemigo al que nada lastima ni hiere y será quien culmine esta alocada relación. Él no se detiene ante nada, la inmovilidad va contra su naturaleza. Sin que lo sepamos ha ido rigiendo nuestras vidas desde el inicio. En silencio ha hecho su trabajo, el cual se halla a punto de concluir, pues un abismo de años nos separa. Ese ha sido el error: creer que Dios me otorgaría la dicha de detener el Tiempo para hacer más duradero el instante de nuestra unión.

Ahora comprendo tu proceder, por fin entiendo el motivo por el cual te apresurabas a escapar de mi lado al verme despertar, evitabas herirme, pues conocías que era imposible vivir por siempre conmigo.

Hoy fue distinto, después de un largo rato en el que simulaba dormir para dilatar ese mágico momento, me decidí a abrir los ojos, y tú seguías ahí, no huías hacía las alturas apoyada en tus ocho patitas, en donde se halla tu tela. El corazón me dio un vuelco, ¿será que hoy me dejarás observarte más de cerca? Me equivocaba, la razón de tu inmovilidad era tu muerte.

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