El tren

Sucedió hace mucho tiempo. Yo era un niño de nueve años y vivía en las afueras de la ciudad, en un pintoresco reparto habitado en su mayoría por personas nobles y sanas. Aunque también existía una minoría de seres bajos los cuales eran insignificantes que apenas producían daño. Hoy esa situación se ha invertido. Triste realidad. Bueno no es lo que deseo contar, sino un hecho que marcó fuertemente en mí y en parte formó el individuo que soy ahora.

Me había escapado de casa con mi primo C., un año mayor que yo, para ir a jugar a un parque de diversiones cercano, un sitio rodeado de extensas áreas verdes. De camino nos tropezamos con otro muchacho, un joven ya entrado en la adolescencia y que sin invitarlo se unió a la aventura.

En realidad no íbamos a montar los juegos mecánicos porque carecíamos de dinero sino a vagabundear por los alrededores o como dicen los mayores a mataperrear. Llegamos a una zona conocida por el rodeo, donde los pequeños montaban ponis y los mayorcitos alquilaban caballos destinados a recorrer toda el área del parque. Pero por alguna desconocida razón ese día no existía actividad en ese sector, hecho que nos desilusionó pues siempre conseguíamos que alguien nos pagara una vuelta.

Este lugar estaba próximo a una línea de ferrocarril que se extendía por todo el parque y por la que transitaba un pintoresco tren de carbón arrastrando unos cinco vagones repletos de niños con sus familiares, uno de los entretenimientos más codiciados por los visitantes.

Llevábamos un rato sentados en la cerca que bordea el rodeo, conversando sobre que hacer para matar el aburrimiento que comenzaba a invadir nuestra vida, cuando oímos a lo lejos el silbato del tren, nos volvimos y advertimos el negro humo proveniente de su chimenea, cual dragón anunciando su paso con fuerza.

Una común diversión era colocar pequeñas tapas de botellas sobre el rail para aplastarlas con el paso de la mole metálica y así obtener un filoso disco. El mismo era el principal componente de un interesante juguete: el disco se perforaba justo en el centro y se le pasaba una cuerda que era atada por sus puntas. Se asía con las manos y se le daba vueltas hasta conseguir enrollarlo por completo, la tensión era tanta que al separar las manos el disco comenzaba a girar con rapidez. El juego consistía en pegar los artefactos hasta cortar la cuerda contraria.

—Que pena no tener unas tapas —dije.

—Si, quedarían mejor que las hechas a martillo —dijo C.

Fue en ese instante cuando al chico mayor se le ocurrió la terrible idea.

—Vamos a hacer algo más divertido —dijo R. observándonos con una maliciosa sonrisa. Colocar los palos esos de allí atravesados sobre la línea, a ver que pasa.

C. y yo nos miramos dudando, el corazón comenzó a latirme con fuerza e iba a objetar algo pero ya R. estaba junto a los palos y nos hacía señas para que lo ayudáramos a colocarlos.

Gracias a Dios solo tuvimos oportunidad de colocar dos de ellos ya que el tren se acercaba y teníamos que ocultarnos. Lo hicimos tras unos arbustos junto a la cerca del rodeo, los tres muy unidos, en silencio observando, el miedo comenzó a invadir mi cuerpo.

Por suerte no ocurrió ninguna desgracia. El maquinista vio a tiempo la barrera y aplicó rápidamente los frenos, sin embargo los palos se atoraron con las ruedas delanteras. Maldiciendo descendió y trato de sacarlos pero no era tarea fácil, se habían partido en varios pedazos y estaban entre los engranajes. Tuvo que darle para atrás al tren hasta lograr separarlos por completo.

R. desde el escondite contemplaba gozoso la escena, riéndose bajito. El maquinista sin dejar de proferir injurias tomó los restos de palos y se fue acercando hacía donde nos ocultábamos. ¡Era posible que nos hubiera descubierto! Empecé a temblar.

— Viene para acá —dijo C. hablando bajo. Creo que nos vio.
— Si nos llevan para la policía digo que fueron ustedes los que lo hicieron —dijo R.

Por mi mente paso toda la escena: una estación de policía, el calabozo, mi madre regañándome, mi padre enfurecido, los vecinos comentando como era posible que yo hiciera algo así, mi abuela llorando…

El maquinista llego a pocos pasos de nosotros, el mundo se me venía encima, arrojó los restos de palos dentro del rodeo y marchó hacía el tren. ¡No nos había descubierto!

Una vez que el tren se alejo salimos de los arbustos y respiramos aliviados. Ahí fue cuando C. le arrojo en cara a R. su cobarde comentario. Aludió que lo dijo en broma, no podíamos creer que lo decía en serio, además sabía que no nos habían descubierto y miles de justificaciones más.

Yo había quedado en silencio, muy asustado para conversar. Imaginaba que hubiera pasado de no frenar el tren a tiempo, si se descarrilaba muchos niños saldrían lastimados, heridos, muertos. No podría vivir con eso. Ahí fue cuando comprendí que jamás podría hacerle daño a nadie, no sería capaz de cargar con ese peso sobre mi conciencia. Me juré no volver a idear ni a participar en algo como eso, primero huiría como cobarde o si era fuerte lucharía para evitar acciones así.

Ese día quedó marcado en mi memoria descubriendo la frontera entre el bien y el mal, por un instante estuve del lado equivocado, injusto y no me agradó.

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