Ciudad cercada

Viajo por mi ciudad observándola, sintiendo en mí piel ese frescor proveniente del cercano mar que invade la atmósfera, de allí emana un olor salado, vivo. Ese bálsamo intenta influir vigor a viejos edificios, únicos sobrevivientes de un pasado glorioso, que hoy están en pie tachonados de rellenos modernos, anacrónicos, semejantes a un Frankestein arquitectónico.

La tristeza, esa vieja desdentada que me acompaña en mí deambular y busco abandonar en cada esquina y no lo consigo, me aconseja sentarme a ilusionar una ciudad pasada, llena de luz y colores, de fuerza que da seguridad, de amores ocultos y sueños posibles.

Guiado por su proposición busco un banco, no lo hallo. Los parques, esos espacios abiertos, libres como el mar, están cercados. Las vallas encierran su aire, obstruyen el descanso de ancianos, el correr infantil, la cita amorosa, el juego adolescente bajo un aro, la nostalgia del solitario. Atónico observo tras una alta reja una hermosa fuente, sus cristalinas aguas me invitan a mojar los dedos, a refrescar el rostro y dejar una moneda en el fondo, no como pago sino como gratitud. No puedo, mi brazo no alcanza. Pregunto, alguien responde que abre de… a…, es para cuidar el césped, la fuente, los asientos.

Casi no puedo andar, el desánimo me funde los pies al suelo para obligarme a permanecer cerca de la mediocridad, del absurdo, de la estupidez, del deseo incontrolable de encerrar la libertad.

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