Solidaridad

Eran las 3:30 AM cuando el insistente teléfono me despertó. Sobresaltado levanto el auricular, mis temores se ven confirmados. Desgracia familiar.

Con prisa me visto y salgo a una calle desolada, oscura, el frío calando los huesos, el corazón oprimido por la angustia. La voz al otro lado del teléfono había insistido que fuera a casa de mi S..., ella se encontraba en muy mal estado, en vista de la desdicha que le había tocado vivir con un familiar tan cercano. Durante el trayecto —40 minutos de duración—, voy pensando en encontrarme una casa llena de miedos e incertidumbres, solo habitada por dos personas: mi S... y su piadosa acompañante. Normalmente ahí viven tres personas, dos de ellas se encontraban en el hospital, una grave, la otra enferma de inquietud.

Cual no sería mi sorpresa al entrar por la puerta y hallarme ante un espectáculo increíble, una visión, una utopía solo realizable en países con mucha solidaridad; ¡la casa estaba llena de personas ofreciendo su ayuda! Entes que se deshacían por servir, por consolar, por apoyar. Quede estupefacto.

A pesar del infortunio, mi corazón dio un vuelco, la esperanza retomó mi alma y un viso de alegría inundo mi ser. Quizás entre todos hicimos que el horror desapareciera, al amanecer vimos ante nuestros atónitos ojos la figura del ser por el cual nuestros corazones palpitaban de angustia y dolor, parado frente a nosotros.

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